Relato · Gabriel Ceballos

Calipso

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En la orilla de una solitaria playa, quieto y sin intención alguna de recibir caricias, me senté a meditar, me quedé allí para apaciguar mi furia mental en esa arena removida por cuerpos usados y manchada por aguas de mar.

Lejos, muy a lo lejos de lo que mi cansada vista podía tocar, vi la silueta de una mujer arropada por las aguas; el solo ver su figura acercarse pusieron mis nervios de punta invadiendo hasta mi agobiado pensamiento...

Escuché melodías que comenzaron a dopar mis oídos, pasando su efecto por cada milímetro de mi ser, dejando caer mis tensiones y el impulso, ese impulso de huir a toda costa. Cada frase, cada nota, cada melodía rasgaba mi piel de adentro a fuera. Era como si intentase abrir mi cuerpo para sacarme el alma, llevarme consigo bajo su pureza virginal.

Por segundos pensé que solo era un engaño visual, lo que tan lentamente se acercaba a mí, o quizás un juego macabro de mi imaginación. Quise levantarme y correr, pero no pude. Estaba fusionado a la arena humedecida por las aguas y mi sudor; mis oídos prestaban atención a su canto como un vicioso a la droga.

Su cuerpo se veía a cada instante más claro, era una figura repleta de perfección en su andar, su voz cada vez más clara exigía pronunciar su nombre, afinando un conjuro en su armonía, pedía a gritos quedarse conmigo. Fue allí donde tuve que borrar la cobardía que estaba apoderándose de mí.

No me quedó más que cerrar mis ojos para dejar pasar todo ese maremoto sinfónico que buscaba hacerme el amor. Un suspiro anhelante se infló como globo aerostático. No tenía salidas, no tenía aterrizajes, solo una elevación progresiva violando al aire en ese extasiado vuelo.

La tuve frente a frente, a cinco milímetros de tatuarle un beso en los labios, pero me dediqué a detallar su extraña belleza. Me era difícil diferenciar lo angelical de su forma oscura y aunque me había dejado de transmitir temor, aun en ella percibía oscuridad.

Una densa oscuridad que me mantenía inmóvil, pero completamente entregado a su lujuria inherente. Un abrazo frío se abalanzó sobre mi cuerpo. Sin percatarme, mi corazón ya se encontraba en sus manos. Juro que......